5 de junio de 2014

A ojos abiertos

Abro los ojos y me encuentro en la acera de una avenida amplia, luminosa, es de noche y hace fresco en el ambiente. Miro al otro lado de la avenida, a la otra acera, y veo a una mujer caminando con paso rápido, “la conozco”  me digo a mí mismo, intento enfocar mi vista pero es muy borroso, de hecho todo comienza a volverse borroso, incluso empieza a llover, es una lluvia constante que en segundos empapa las calles y hace brillar de otra forma los colores y las luces de la avenida. Camino a la par de aquella mujer del otro lado de la calle, tengo que acelerar para poder seguir su paso, sigo insistiendo en mi presentimiento: “Yo la conozco, sé que sí”

Mi paso acelerado se detiene repentinamente, la mujer del otro lado se detuvo frente al aparador de una tienda, no consigo aclarar mi visión, no puedo distinguir qué es lo que se detuvo a mirar en esa tienda. De pronto, como al chasquido de unos dedos, la lluvia desaparece, pero no solo se fue, ahora no hay rastro de que hubiera caído agua sobre el pavimento, observo asombrado; mi visión es nítida, completamente nítida, puedo distinguir las formas, los carteles que adornan la avenida, y alcanzo a ver todo esto porque es de día, no logro entender nada, pero la lluvia desapareció y se llevó a la noche junto con ella, ahora es de día, no llueve y mi vista es clara como nunca. Entonces dirijo mis ojos a aquella mujer y lo confirmo, si, definitivamente la conozco… es el amor de mi vida.

Es la mujer a la que aprendí a querer y al poco tiempo amé como a nadie jamás. Ahí estaba y estaba mirando libros en aquel aparador en el que se había detenido; estaba frente a una librería y miraba detalladamente los libros exhibidos. Ahí me volví a sentir desorientado, “¿Qué está haciendo ahí, qué estoy haciendo yo aquí?” no consigo responderme, pero camino hacía su encuentro, comienzo a cruzar la avenida y me dirijo directo a ella. Cuando estoy a dos pasos de su espalda, la observo como si fuera la primera vez que la veo… es increíblemente hermosa, su cabellera, la delicadeza de su cuello, la caída de sus hombros, su figura delineada a mano envuelta en ese imponente porte que provoca mirarla y adorarla… ¡Ufff que bella es!

Doy un paso más y quedo a un metro de su espalda, pero me detengo absorto por lo que compruebo que está mirando con tanto interés: Un libro que tiene mi rostro en la cubierta, eso está mirando. ¿Un libro? ¿Un libro mío? yo no he escrito un libro ¿o sí? No lo sé, no entiendo nada. De pronto ella estira su mano y hace contacto con el cristal del aparador, justo donde se exhibe ese libro, “Mi libro” casi como si quisiera traspasar el cristal y tocar mi fotografía. Ese gesto suyo me provoca mucha ternura, me parece el momento perfecto para hacerle ver que ahí estoy a su lado, pongo mi mano sobre su hombro… pero no la siento, mi mano está sobre ella, pero es como si yo estuviera sintiendo al aire, me asusto, quiero gritar pero no puedo, quiero decirle “aquí estoy” pero no me sale un solo sonido de voz, me pongo delante de ella pero no me ve, es como si yo no estuviera ahí, me desespero, reúno todas mis fuerzas y grito su nombre “¡…!” ahí ella levanta su mirada, sus cabellos se mecen como con una fresca brisa, la veo frente a frente, sus ojos están húmedos… está llorando.

Me quedo petrificado, sus ojos lloran, su rostro es triste, no me ve, no me escucha, no sabe que estoy allí a su lado. Mis ojos se humedecen, comienzo a llorar, no sé qué pasa, no sé qué hago ahí, pero me parte el alma verla así. De pronto su teléfono suena, y el sonido nos rompe el momento, ella mira de nuevo al libro con mi rostro en él, dice algo que no alcanzo a escuchar y da media vuelta para seguir caminando mientras contesta la llamada en su teléfono.

Yo me quedo ahí, pero sin tiempo a reaccionar la lluvia vuelve a caer, miro hacia arriba, llueve y es de noche otra vez, miro hacia abajo, estoy en la otra acera, del otro lado de la avenida nuevamente, todo es borroso, la veo alejarse tan rápido que esta vez ni siquiera puedo seguirla. Caigo de rodillas al suelo y la veo desaparecer de mi vista entre la lluvia y mis lágrimas. Bajo mis manos hasta que tocan el piso mojado y me quedo ahí, derrotado y completamente desconcertado, tomo fuerza y grito hasta desgarrarme la garganta, maldiciendo todo cuanto puedo antes de perder la voz y quedarme en silencio, solo, sólo con mis pensamientos y esta maldita sensación de ver partir al amor de mi vida y saber que nada pude hacer.

Entonces, en el momento más miserable despierto y abro los ojos, solo fue un sueño, pero miro a mi lado y estoy solo, sólo con mis recuerdos y esta maldita sensación de haber visto partir al amor de mi vida…


Y el sueño continúa a ojos abiertos.