28 de agosto de 2015

Morbo en el balcón

La cena era de gala, las vestimentas debían ser elegantes, y ella en ese vestido largo a color blanco lucía radiante. Él no se quedaba atrás, y hacía el mejor contraste tomándola por la cintura, enfundado en su esmoquin negro mientras posaban para la fotografía de invitados.

Una vez dentro de la fiesta saludaron, bebieron un par de copas, socializaron lo justo y se disculparon para retirarse a uno de los hermosos balcones que coronaban las ventanas altas de aquella lujosa mansión. Tomados de la mano llegaron a uno de los balcones, justo en el momento donde una pareja lo dejaba libre. Era uno de los balcones pequeños, no era el central donde cabían hasta diez personas, pero les agradó más la idea de tener un balcón sólo para ellos dos.


Ella se puso delante, posando sus manos en el borde del balcón, mientras él se colocó detrás de ella, abrazándola por la cintura y plantándole varios besos que cayeron regados sobre su nuca y sus hombros. Ella conversaba de cualquier cosa, él sólo asentía sin saber realmente lo que ella le contaba, y la besaba cada vez de formas más sugestivas. Pasados unos momentos, ella dejó de hablar, pero no por falta de conversación, sino por sentir como las manos de él bajaron hasta sujetarle los pechos, y sus nalgas sufrieron la presión de la cadera que desde atrás le empujaba.

Ellos no eran ajenos a las aventuras y locuras en sitios públicos, pero en ese pequeño balcón no sólo había cero privacidad, también, los balcones estaban muy contiguos, así que apenas a un metro hacia la izquierda, y un metro a la derecha, tenían invitados que abordaban y abandonaban los balcones continuamente. Pero nada de eso le importaba a él, y ella lo sabía, lo conocía demasiado bien, por lo cual no hubo peticiones ni palabras que intentaran frenarle en sus movimientos.

Él empujo su cadera hasta que el roce causó lo inevitable, y ella empezó a sentir una erección que se clavaba entre sus nalgas. Sentía ese miembro duro y punzante, y es que la tela de su vestido era tan delgada que prácticamente lo podía sentir como si no llevara nada puesto. El vaivén era tan discreto, que únicamente lo podría percibir alguien que les mirara fijamente por más de unos segundos. Sin duda sabían lo que hacían, y justo esto les dio el impulso para subir el nivel de su arriesgado juego.

Ella se inclinó hacia el filo del balcón, como pretendiendo reposar sus brazos en el borde por unos momentos. Ese movimiento no fue desaprovechado por él, quien haciendo uso de esa inclinación, bajó las manos de los pechos de ella hasta encontrar el cierre de su pantalón, deslizándolo hacia abajo, tan delicadamente, que ni el oído más exigente notaría el sonido. Ambos miraron a los costados, él miró hacia atrás, y al comprobar que no tenían encima las miradas de nadie, él sacó su pene en pleno estado de erección, mientras ella separaba las piernas y se empujaba hacia atrás contra ese sexo duro que se abrió paso entre sus nalgas hasta que sólo la tela del fino vestido pudo detenerlo.

Estaban totalmente pegados, únicamente una delgadísima capa de tela era la diferencia entre un roce firme y una penetración que habría resultado brutal. Él empujaba con discreción, aunque poco a poco iba perdiendo la misma debido a la enorme excitación que sentía al estar, literalmente, incrustando su verga entre las nalgas de ella. Ella, por su parte, apenas podía controlar su cuerpo, ya que su mente se lo negaba, pero su cuerpo sólo pensaba en mover la cadera y pasear ese falo hasta centrarlo directo a su vagina, y empujarse hacia atrás hasta clavárselo en el fondo de su ser.

Conforme los segundos pasaban, la lucha se encarnizaba entre los pensamientos y los impulsos de sus cuerpos. Él tenía la sensación de que en cualquier momento la tela se rompería y lograría encajarse en esa caliente humedad que podía sentir ya entre las piernas de ella, y ella por su parte, que sentía claramente el golpeteo de esa verga en la entrada de su sexo, deseaba con toda su calentura que no hubiera nadie alrededor para poder sentarse en el filo de ese balcón, y así, frente a frente recibir a su amante entre sus piernas mientras le comía la boca.

Los dos llegaron a un punto donde el disimulo era insostenible, ahí donde las miradas furtivas de la gente alrededor ya caía sobre ellos, y es que eran ellos mismos los que ya se delataban con movimientos más descontrolados, bruscos, y con pequeños gemidos que escapaban de entre sus apretados labios. Cuando ella sentía que las miradas sobre ellos ya se excedían en tiempo, se levantaba hasta apoyar su espalda contra el pecho de él, y giraba su rostro para buscarle la boca y besarlo. Con esos besos apartaba las miradas, incluso provocaba que más de alguno se retirara del balcón y regresara al salón principal de la casa.

Y fue justo en uno de esos calientes besos, mientras sus lenguas jugaban a escurrirse la una de la otra, que él sintió que no aguantaría más, y ella, caliente como pocas veces se había sentido en su vida, sólo deseaba sentir cada chorro de esa eyaculación sobre su cuerpo… dentro de su cuerpo.

Pero él no olvidó lo que habían hecho en los momentos previos a bajarse del coche, justo antes de arribar a la cena, y en un movimiento rápido, metió la mano al bolsillo de su esmoquin y la sacó, sosteniendo entre sus dedos la ropa interior de ella, esa prenda que ella misma se había quitado antes de bajarse del auto, y que le entrego en sus manos mientras le entregaban las llaves del coche al valet parking.

Él se envolvió su erección en la prenda íntima y sin poder contenerlo más, explotó en una eyaculación que manchó y cubrió la ropa interior de ella. Cuando los movimientos cesaron, ella confirmó que no hubiera nadie alrededor antes de incorporarse y acomodar sus ropas, y dándole un beso que desprendía morbo, le agarró la verga entre las manos para meterla al pantalón. Cuando lo hizo, y ante la sonrisa de él, ella le dijo en un susurro perverso: “Vamos al baño para que me pongas mi ropa interior…”.